Reseña por Débora Rodríguez
Nuestra vida es apenas un instante, una luz que brilla una noche y por la mañana se ha apagado para siempre. Somos fugaces, como luciérnagas.
Llegan momentos en la historia, en que no mueren uno o dos hombres, sino cientos, miles, millones... Ciudades enteras se convierten en tumbas. Veinte años después de la Segunda Guerra, un desconocido japonés con el seudónimo de Yukio Aki nos regalaría sus experiencias durante el bombardeo de su ciudad en una novela: Hotaru no Haka (火垂るの墓, La tumba de las luciérnagas). ¿Cómo es un hombre capaz de reducir la muerte, el hambre, la sangre y el dolor experimentados en propia carne hasta compararlos con la muerte de insectos? Piense cada uno en su más hondo dolor, el sufrimiento personal es insignificante junto a la infinitud del universo, en el fondo todos lo sabemos. Sin embargo, aceptarlo, decirlo así al mundo, exige entereza; una visión de la realidad profunda a la que pocos hombres llegan.
A fines de los años ochenta, Aki recibe una propuesta: llevar su historia al cine en animación japonesa. Cuando él acepta, su novela universal se transforma también一gracias al guión de Yumiko Inoue一 en una expresión regional. La vestimenta, la alimentación, los usos y costumbres del Japón representados se nos ofrecen como un regalo para el mundo. La música de Michio Mamiya es empleada casi con gotero: encanta las escenas más dulces dejando el resto a la crudeza de una mezcla de sonido sincera, como en la vida. La continuidad y quietud están acopladas en un juego maravilloso en el que los personajes se quedan impávidos, lloran en silencio, callan y meditan cuando las noticias son terribles. Sus expresiones están acompañadas con un juegos de luces y sombras absolutamente realistas. De nuevo, la visión profunda del mundo en el autor se desborda en su obra.
La puesta en escena de La tumba de las luciérnagas, dirigida por Isao Takahata, ha sabido desarrollar personajes que habían quedado anónimos. Las historias de infinidad de experiencias infantiles que atravesaron la guerra a lo largo de los siglos están condensadas en un niño de 14 años y su hermana pequeña que enfrentan, con sus padres distantes, una ciudad destruida, continuamente bombardeada y en la que escasea incluso la generosidad.
Los personajes del libro se trasladan a la pantalla con una lectura psicológica precisa: la alegría de una niña de 5 años que canturrea y baila, la fiereza de un hombre golpeando y acusando desde las entrañas cuando encuentra al ladrón de sus cosechas, la autojustificación de una mujer ‘decente’ que es intransigente con huéspedes indefensos. En 90 minutos Studio Ghibli, productora del otro clásico Mi vecino Totoro, nos trajo un retrato pocas veces mostrado en el cine: los protagonistas de historias bélicas o trágicas no siempre son seres extraordinariamente valientes, sabios, estoicos o inteligentes. Los hombres somos solo nosotros mismos: un día reímos, el siguiente lloramos. Afrontamos nuestras circunstancias con aquello que siempre hemos llevado dentro, las situaciones extremas solo potencian algunas capacidades, pero nunca dejamos de sentir.
Son tan variables las sensaciones que las circunstancias despiertan, que los mismos bombardeos que en Japón significaban humillación y derrota, para el mundo occidental auguran el fin de 6 años de miedo y destrucción. Porque una vez que se han desencadenado eventos terribles, se deben tomar acciones también terribles para finalizarlos. Se destruyen a unos para salvar a todos, o eso aparentemente. De esta colisión de contrariedades algunos hombres saben recoger la profundidad y hacerla arte.
En fin. El espectador de Hotaru no Haka necesita una mirada perspicaz, sutil a los matices, presta para leer la riqueza de sus descripciones. Akiyuki Nosaka, pseudonominado Yukio Aki, tenía razón cuando decía que la tierra estéril de su obra y los personajes infantiles viviendo circunstancias artificiales de conflicto no podrían ser representados convincentemente por niños contemporáneos: “No era posible que tal historia se hubiera hecho en cualquier método que no fuera animación”. La historia no se repite dos veces de forma idéntica para hombres distintos. Las naciones no sufren nunca destrucciones semejantes una a la otra. Las generaciones posteriores vivimos en un mundo más amable, en cuanto a las circunstancias físicas, lo que hace más difícil profundizar en las verdades de la vida y del hombre. Por eso necesitamos películas como esta, que nos introduzcan en aquello que pasó, en lo que esperamos no vivir, pero de lo que podemos aprender tanto.


Comentarios
Publicar un comentario