“Ciudad de vida o muerte “o “Nánjīng! Nánjīng! (2009). Dirigida y producida por: Lu Chuan. China.
Reseña por Andrea Gordillo
Quiero que piensen esta palabra: “inocencia”. Muchos de ustedes habrán pensado de inmediato en un niño y su dulzura encarnada, pues ¿qué es un niño sino la personificación de ella? A medida que crecemos nos alejamos cada vez más de aquella imagen que teníamos cuando éramos pequeños. Entendemos la realidad de otra manera y nos relacionamos con ella también de diferente forma. Pero, ¿habrá algo de nosotros mismos que persiste y se mantiene inmutable aún en el transcurso del tiempo? La inocencia se entiende como la condición del que está libre de culpa o del que obra sin malicia; y ¿dónde puede verse más resquebrajada que en una guerra?
Una película
retrata bien esta disyuntiva, en la piel de un soldado y un niño. Lu
Chuan, director y productor de la película Ciudad de vida y muerte
(2009), lo entendió muy bien. En base a esas figuras, diferentes e
iguales en condición, narra las atrocidades y masacres que tuvieron
lugar en la Ciudad de Nankín en 1937 bajo la ocupación del ejército
imperial japonés, evento también llamado “el holocausto olvidado” por
los historiadores. Gran matanza de personas que no ha sido retratada con
la importancia debida en la historia, y que aún representa una herida
sin cicatrizar.
En esos días Japón había comenzado a poner en marcha
su plan de conquista para anexar más territorios al imperio japonés,
esto no solo bajo una perspectiva político-militar, sino como parte de
su “misión divina” con el Emperador. China, por el otro lado, venía
desgastada de muchas guerras y con un sistema político totalmente
debilitado. Tal vez la suerte ya estaba echada en el campo de batalla,
aunque nadie estaba preparado para lo que vendría después en términos de
humanidad.
La película
Grabada en blanco y negro, al estilo del cine clásico, la película hace uso del juego con imágenes. Las secuencias entre ellas y el sonido logran retratar la atmósfera real y el caos que se vive en una zona de guerra. Los diálogos son escasos, los que hay se presentan oportunamente y con contenido poderoso. Los personajes, controversiales: existen múltiples ocasiones de debate moral interno, sus historias se van entrelazando, a tal punto que el destino de cada uno depende del otro.
Una película así, que toca las fibras
de la reflexión moral, no pudo quedar fuera de controversias, sobre todo
en su país: China. Se tuvieron que realizar cambios y recortes a pedido
de la STARF (Administración del estado de Radio, Cine y Televisión) del
gobierno chino. En Japón también se suscitaron reacciones, esta
película revivía esa herida que el gobierno japonés niega incluso hasta
ahora. Una película con este nivel de impacto no debe pasarse por alto.
Sobre la humanidad
Este tema eje se desarrolla a lo largo de toda la película, apela a la cuestión: ¿el seguir órdenes o una forma de pensamiento, puede ir en contra de la noción del bien y el mal, de la propia conciencia, incluso de la propia naturaleza humana?, ¿cuál es el límite?, y ¿en qué momento se pierde la humanidad, la compasión por el otro?
Los matices que
encontramos en situaciones extremas también se presentan en las
personas. Y en esta película se retrata bien esta confusión: un miembro
del partido nazi salvando ciudadanos chinos; un asistente que trata de
velar por sus intereses al inicio y que termina dando la vida por un
desconocido; un soldado que mataba a otros pero que en la intimidad
buscaba cariño y protección, entre muchos otros personajes. Todo ello
refleja la complejidad de la naturaleza humana que en momentos trágicos
se aferra a lo más puro que tiene, lo que la guerra no llegó a herir.
Es
así como en esta película la poesía y la tragedia coexisten. La pérdida
de la inocencia equivale al suicidio, a la pérdida de uno mismo;
mientras que la persistencia de la misma se ve en la mirada y risa de un
niño, como la promesa de una esperanza.
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