Por: María Fernanda Herrera
“Jesús ya sabes, soy tu soldado/ Siempre a tu lado yo he de luchar / Contigo siempre y hasta que muera…”
Estas emotivas frases nos remiten a una estrofa del himno de los mártires de Barbastro. Un grupo de 51 jóvenes miembros de la comunidad claretiana de esa localidad aragonesa que fueron asesinados por su fe por milicianos anarquistas y comunistas durante la Guerra Civil Española. “Un Dios prohibido” narra las últimas semanas de vida de estos muchachos durante los inicios de la guerra civil española así como las torturas y tentaciones a las que fueron expuestos. Hablamos de una serie de presiones inauditas para que dejen de lado su vocación y sus convicciones.
En Barbastro se edificó el Museo de los Mártires Claretianos en su memoria, donde se encuentran los cuerpos de los jóvenes, sus últimos escritos y su carta de despedida
Como no podía ser de otra manera, este enfrentamiento, como tantos otros, se desarrolló al margen de la labor de la Iglesia, pero que, sin embargo, terminaría abatiendo a aquellos que solo buscaban predicar con paz y amor. Sin duda un argumento que no terminó por convencer a aquellos que se encontraban en el frente y quienes en respuesta a una difícil situación social-política vieron por conveniente aceptar aquel desprecio por la vida, que se funda en cada guerra y que termina siendo cruel con aquellos que no le corresponde.
Este filme nos introduce a un importante episodio de la historia española a pesar de su bajo presupuesto. Ello, sin duda, hace que la producción no carezca de algunos errores. Pero sin duda la sencillez de la película, además de rescatar este conmovedor evento, termina por envolver al espectador.
Esta película narra mucho más que la vida de un grupo de seminaristas. Nos brinda la oportunidad de reconocer en aquellos la fortaleza y entrega que se necesita para poder reconocer a Dios. No como a un Ser que exige sacrificios sino, como una fuente de amor que te invita a seguirlo por sobre todas las cosas y te brinda un apoyo incondicional. Así pues, quien ingenuamente empieza a querer mover una gran piedra solo, solo lo logrará cuando advierta que Dios está allí con él para ayudarlo a cargar aquella roca. Bien ya lo dice el salmo 23:4: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; Tu vara y tu cayado me infundirán aliento”.
Comentarios
Publicar un comentario